Como no podía sentir ninguna emoción, el hombre se inmiscuía entre las personas y lograba hacerles despertar los más diversos sentimientos.
De ellos se alimentaba entonces, como un vampiro de la sangre ajena. Vivía todo de segunda mano. Pero con una persistencia y una fuerza que confundía.
Se metía entre dos y los hacía enamorar; había decidido que otros se pelearan, así tenía por lo menos una vaga idea de lo que eran el amor y el resentimiento.
Pero no podía involucrarse.
Era como una hoja en blanco que nadie puede escribir o como un ángel triste que fue apartado del cielo.