domingo, octubre 30, 2005

Yaganes

Ayer conocí a la última de los yaganes, Cristina, (ella no dice yámana como los antropólogos).

Es chilena, porque dió la casualidad de que vive en la otra orilla del Beagle, a la que es un poco complicado ir, no como antes que los habitantes de su pueblo iban y venían sin problemas.

Yo no podía dejar de mirarla.
La miraba y la miraba embelesada mientras una chica pálida y tranquila, muy dulce, de anteojos, presentaba un libro de historias que su abuela le transmitió. Cuentos de aves que antes eran hombres y se portaron mal, de otros pájaros que querían parecerse a pingüinos a pesar de sus reducidos tamaños y finalmente lo lograron.

Ella también me miraba. No es necesario pensar mucho para descubrir la razón.

Me miraba porque sabe que de algún sueño somos primas o hermanas o aunque sea vecinas que se llevan bien o estrellas después de la tormenta.

lunes, octubre 17, 2005

Dulce Remedio

El taxi para en Gobernador Paz y Piedrabuena.
Subo extrañada, porque a ese taxi lo conozco, es el que maneja Jude Law, pero ese día lo conduce un chofer muy distinguido de uniforme azul. Jude está atrás, con cara triste. Me muestra una carta escrita en un idioma incomprensible. Intento leerla y enseguida comprendo que ni siquiera hace falta. Unos folletos entreverados entre las cuartillas dan cuenta de una fábrica envasadora de atunes, mejillones y otros frutos de mar, allá tan lejos que ni puedo pronunciar el nombre del país.
La partida es inminente. Jude se va a cosechar un océano lejano. Ni siquiera es inglés, tal vez del Mediterráneo.
Sonríe con la sonrisa de Closer y yo me pregunto cómo haré para seguir viviendo.
Me bajo en alguna esquina de esas terrosas de findelmundo con el estómago lleno de lágrimas. Lo último que veo son sus ojos verdicelestes.
Cuando despierto son las diez de la mañana y compruebo que dormí toda la noche de un tirón.
Creo que un ángel me ha curado.

sábado, octubre 15, 2005

De insomnios y gallos

Las últimas tres noches casi no dormí por culpa de la fiebre.
Indefectiblemente me despierto a las tres y veinticinco de la mañana temblando de frio, me pongo un pullover, una campera, me tomo un Ibupirac y trato de volver a dormirme. No puedo.
De a ratos leo un nuevo libro sobre Julius Popper, el famoso buscador de oro de Tierra del Fuego, pero a veces me da mucho frío sacar las manos de las frazadas para sostener el libro de Daniel Ares, un periodista argentino, que me recuerda, por la forma de romper reglas, al Federico Jeanmarie de Paises Bajos, también leido estos días, o sea, esta enfermedad. Entonces me tapo toda y mientras vigilo por entre las cortinas si ya está amaneciendo, me entretengo con los sonidos de la noche, en mi barrio.
Lo que más me sorprende es haber descubierto un gallo que canta cuando casi amanece. ¿Un gallo en findelmundo? Es demasiado raro. Acá hay mucho gato y mucho perro...pero gallo, decididamente ninguno. Bueno, uno. Y todos las noches lo espero para saber que ya amanece, a los cinco y media estos días, porque estar enfermo de día es mucho más soportable que en la oscuridad.
Cuando este bien voy a ir a ver dónde vive. Porque todas las noches lo que más me alegra es que cante y se haga la luz.

domingo, octubre 09, 2005

La tierra

Intento pasar debajo de los fuertes vientos de primavera para arrancar los yuyos del jardín. Lo que más me gusta es encontrar el centro de las plantas de achicorias, porque son como estrellas, iguales, iguales. Con mi cuchillo mágico, de serrucho gastado, las levanto del centro y las hago volar, hasta que tengo una parva y las encierro en una bolsa. A veces me da lástima, porque si las dejo crecer, una mañana me sorprenden con sus flores amarillas, pero son tan narcisistas que no dejan asomar a las otras flores.
No sé que hay en la tierra, pero en mis épocas más tristes saco de allí mi energía. Y no me puedo separar, trabajo y trabajo hasta que mi cuerpo está agotado.
Entonces entro, me baño, vuelvo a mis libros y a mis escritos, con ese cansancio diferente y la mente tan fresca.

lunes, octubre 03, 2005

1

Los días hermosísimos como hoy tengo la sensación de que alguien le dió una patada a un hormiguero.
Y entonces salimos todos, desde los lugares más recónditos de la ciudad, a disfrutar del sol, de los bigotes de un lobo marino del que una amiga se enamoró, de los encuentros, los saludos, los helados y las risas.
¡Cuánta gente hay en findelmundo que ni siquiera conozco!
Cuando cae el crepúsculo me asaltan nostalgias de cuando éramos muchos menos y la ciudad nos sobraba por todas partes, como una ropa holgada.