viernes, diciembre 31, 2004

Año nuevo

Cuando era una niña pensaba muchas cosas raras.
Como que iba a ser astronauta y que el año 2000 nunca llegaría.
¡Felíz 2005 para todos!!!!!


jueves, diciembre 30, 2004

Fuera de servicio

Fui al médico porque sentía la cabeza tan llena que tuve miedo de que no me entrase nada más: ni un dato, una cifra, un nombre, un recuerdo.
Los ruidos cotidianos me sonaban como ciudades enteras ardiendo. Las cosas para hacer llenaban una interminable lista.
Me ahogaba.
Stress fue la sentencia.
Me dí cuenta después que volví del campo donde pasé la Navidad y dos días muy tranquilos. Findelmundo se parece cada vez más a una gran urbe, no por el tamaño, sino porque empieza a sufrir los problemas de las grandes ciudades. La gente está alterada: fin de año, las fiestas, terminar el trabajo, las vacaciones, los balances, las despedidas, prepararse para salir de la isla, que no es lo mismo que salir de cualquier otro lugar, los conflictos, lo no resuelto, lo dicho y no hecho... Para curarme estoy tratando de tomar distancia de mí. Como si no fuera yo. Hago limpiezas generales, regalo lo que no se usa, ordeno, corto el pasto, mi cuerpo se cansa para que mi mente repose, pienso poco, observo, toco, huelo, respiro, leo libros muy bien escogidos, huyo de los pesados, las discusiones, el pasado y el futuro, camino como si pisara nubes, no me involucro en nada, dejo congelados por un tiempo los planes, busco la soledad y el silencio, duermo con la ventana abierta, tomo vasos de leche tibia.
A veces viene bien.

.

martes, diciembre 28, 2004

Japonesa

También disfruto del séptimo día, cuando la gente arranca las primeras hierbas que han germinado bajo la nieve. Me divierte su excitación al encontrarlas cerca del Palacio, un sitio donde jamás habrían esperado hallarlas

Finalmente estoy leyendo El Libro de la Almohada, de Sei Shônagon, cuya existencia conocí a través de un post de Unoquepasaba. Si bien no tengo la delicadeza, ni el tamaño, ni la brevedad de discurso de las japonesas, creo que nos parecemos en algo. Yo disfruto mucho con los cambios que se van sucediendo a lo largo de las cuatro estaciones, con los ritmos de la naturaleza, las sutiles señales que anuncian las tormentas o el invierno. No hay nada que me ponga más contenta que ver aparecer las yemas ensangrentadas de los ruibarbos en la tierra aún helada de findelmundo. O tal vez sí: descubrir las minúsculas violetas amarillas o los fragantes geranios con que la primavera celebra su aparición en el bosque fueguino.
E imitando a Sei, podría decir:

El mes de enero, (me gusta) porque la ciudad queda vacía y todos huyen de la isla como si fuese un animal salvaje; entonces me divierto caminando por la orilla del canal y quiero que el séptimo día del primer mes el agua esté completamente calma. Y que en el segundo mes haya una larga temporada de lluvias para poder ordenar mis pensamientos.

viernes, diciembre 24, 2004

Navidad

¡Felíz Navidad para todos!
Y que les quede algún deseo sin cumplir, así tienen algo por lo que vivir: deseos, sueños, esperanzas...
Besos a todos con garrapiñadas.

miércoles, diciembre 22, 2004

Cumpleaños


sorpresa

Cuando llegué al trabajo ví los globos perlados, blancos y rosas.
Eran tres enormes racimos dispuestos a distancias equidistantes sobre el cerco de rejas de una de las casas de la loma que está enfrente de mi ventana.
Nunca había visto anunciar de ese modo un cumpleaños de quince, así que me pasé gran parte de la mañana levantando la vista y perdiendo la mirada entre los globos que apenas se balanceaban.Recordé los globos llenos de helio, que para alguna festividad que ya no recuerdo, soltábamos al cielo junto a la catedral de La Plata y otros globos muy pequeños, también de la infancia lejos de aquí, que tenían ojos y una lengua que salía cuando uno los apretaba.
A eso de las doce se empezó a levantar viento del sudoeste. Los globos saltaban y se chocaban. Los manojos comenzaron a acercarse. En un momento dado, uno de los racimos voló, cruzó la calle y quedó enganchado en la antena de un auto estacionado.Enseguida apareció una mujer que desenredó los hilos, acomodó un poco los globos, pero en lugar de devolverlos a su lugar los introdujo dentro de su pequeño auto, al que subió junto con sus dos hijas.
El vehículo hizo marcha atrás, salió del estacionamiento y enfiló la trompa hacia donde yo trabajo. Salí a la calle y miré fijamente el número de la patente mientras lo repetía mentalmente para no olvidarlo. Aunque no me importaba si no lo recordaba más de cinco minutos; la única intención fue hacer sentir mal a la mujer, que pasó al lado mío con su automóvil repleto de globos e hijas con caras de sardinas, sonriendo incómoda.
De todas maneras no hubiera hecho falta mi mirada.
No hay nada más ridículo que quien acarrea globos de una fiesta a la que no fue invitado.


domingo, diciembre 19, 2004

Final de juego



Ella había probado todas las estrategias.
Ninguna le dió resultado en su afán por acercarse al alma de ese hombre.
Finalmente se convenció: buscaba lo que no existía.
Y no sólo eso, sino que en el empeño había perdido la suya para siempre.

viernes, diciembre 17, 2004

Azul, la lluvia

En temporada turística tratar de enviar una carta de las de antes desde findelmundo suele requerir su buen tiempo. A cambio uno se entretiene observando gentes de otras partes del mundo.
Esta mañana la fila llegaba hasta la entrada del edificio de correos.
Había gente de la ciudad y muchos extranjeros, entre ellos una mujer japonesa con su hijo adolescente y, delante mío, un joven rubio muy alto, que podría haber sido oriundo de cualquier remoto sitio.
Apenas entré se dió vuelta y me miró con unos ojos muy azules, cuyo color descubrí después, porque en ese momento no lo miré, sino que lo hice minutos después cuando estuve segura de que no me estaba mirando. Esta acción en cierta forma sincronizada, es decir, que él me mirara y yo no y que yo lo mirara y él no, se repitió varias veces. En medio de ellas, como habremos calculado mal el tiempo, nuestras miradas se encontraron en unas cuantas oportunidades. Yo estaba segura de que me quería preguntar algo y temía no salir airosa de tener que contestarle en inglés, aunque reconozco que un par de veces estuve tentada de hablarle.
A los diez minutos me empecé a poner nerviosa, como siempre que espero que ocurra algo que no ocurre o que no puedo escapar de lo que me perturba.
Cuando él no me miraba miraba a otras personas, hacia la derecha y hacia la izquierda giraba su cabeza para mirar, fijaba la vista en los que entraban y acompañaba con sus ojos a los que ya habían cruzado la puerta de vidrio para salir.
Mientras no me observaba yo lo observaba a él.
Si bien parecía extranjero no estaba vestido con la ropa que suelen usar los viajeros. Tenía puesto un pantalón de vestir, como si fuera de un traje, unos mocasines color suela de gamuza y una campera de modelo bastante antiguo con piel alrededor de la capucha. Su mochila era negra y muy pequeña. Parecía muy joven pero estaba perdiendo el pelo.
Antes de que lo atendieran llegué a la conclusión de que tenía avidez por mirar.
Miró todo, no dejó espacio vírgen dentro del correo, nadie se salvó de su mirada marina, una hermosa mirada que incomodaba, porque seguramente veía más de lo acostumbrado, una mirada que desnudaba el alma y hacía pensar en inviernos duros y helados.
Cuando le tocó el turno quizás le entregó unos sobres a la empleada, porque no pude ver bien. La chica le dijo son 23 pesos. El le hizo señas de que no entendía. Ella dijo twenty three. El asintió con la cabeza, sonriente y dijo algo que hubiese sonado como okey si hubiese podido pronunciarlo, porque su boca hizo movimiento de hablar pero de su garganta no salió ninguna palabra.
En ese preciso momento descubrí que los adminículos que llevaba en las orejas no formaban parte de un walkman como creía. Y me atacaron unas enormes casi gigantescas ganas de por lo menos decirle chau con la mano, pero cuando salí del correo apurada, luego de dejar mis cartas, el joven rubio se había perdido con sus ojos azules bajo la lluvia, una lluvia que ya ni mojaba, una lluvia muy gastada de tanto que la habían mirado.





miércoles, diciembre 15, 2004

Será en febrero...

El viernes me recibiría si no fuera porque....
no me acordaba que en las materias promocionadas había que anotarse también, como si uno fuera a rendirlas.
O sea que a veces lo del dicho es justamente al revés....
no hay bien que por mal no venga.
Porque si en esa materia que no quiero ni nombrar me hubiese sacado menor nota, hubiese tenido que rendir el exámen final y me hubiese anotado para rendir como hice con las materias correspondientes.
Ahora tengo que esperar hasta febrero.
Una compañera que estaba presente en el momento en que me dí cuenta del fatal error dijo que se nota que yo no quiero superar esa instancia.
¿Por qué no querré recibirme?
Y esto que cuento como si nada logró ponerme muy mal. Estuve al borde de las lágrimas toda la tarde ( y un poco más) hasta que salimos a dar una vuelta con una amiga y nos encontramos en la basura de una casa tres sillas antiguas y encantadoras para reparar.
Y aunque a mí me tocó una porque yo no las descubrí, se me pasó el malhumor y
descubrí que una silla maltrecha puede resultar la mejor de las moscas de alas plateadas.

domingo, diciembre 12, 2004

Deseo para el 24

He decidido que para estas navidades deseo:


. una torta galesa bien húmeda y con muchas pasas
. helado de frambuesas del patio de mi infancia
. un libro autobiográfico de alguna escritora muy loca
. un aro para la naríz
. mucha energía
. un amor de esos de película (aunque dure lo mismo)

sábado, diciembre 11, 2004

Bipolar

Estoy como el tiempo.
Un día de verano prestado, para mojar los tobillos en el Beagle, otro de tormenta con olor a bosque anegado.
Un día podría subir al monte Olivia, bajar y volverlo a subir, otro me cuesta levantar los pies.
Un día amo, canto, escribo, al otro me acurruco dentro mío y hago silencio.
Un día quiero algo, al otro no me alcanza.
A veces me asusto porque no sé que va a ser de mí, tanto dar vueltas y no tener paz.
Pero, por favor no me hagan caso, que seguro pasa una mosca de alas plateadas y me da por seguirla, felíz.



martes, diciembre 07, 2004

La estrella más lejana

Desde hace casi dos meses enfrente de mi casa hay un hombre con una pena de amor.
Tiene el pelo largo hasta los hombros y lleno de rulos castaños, la mirada oscura y penetrante.
Es albañil y construye unos departamentos para alquilar.
Apenas llega al trabajo, a eso de las nueve de la mañana, enciende una radio portátil o quizás un viejo grabador, ya que nunca le escuché publicidades, y hasta la hora en que abandona sus tareas, a eso de las cinco de la tarde, no dejá de escuchar (fuerte, muy fuerte) boleros y otras canciones románticas, Luis Miguel, Alejandro Sanz, Eros Ramazotti y más en ese estilo.
Las mañanas en que mis pájaros se quedaron dormidos, son ellos los que me despiertan. Entonces yo me levanto y corro las cortinas, sólo lo necesario para curiosear cómo se viene el día y de paso controlar que el sufrimiento de mi eventual vecino no provoque un derrumbe en el barrio.
Sin embargo él continúa impecable con sus menesteres.
Nunca he visto un edificio más prolijo estando en obra.
Hay días en que lo imagino dentro de una película (italiana) que recién comienza, con esa música de fondo. Saca mezcla con una cuchara y va pegando los bloques, mientras las lágrimas caen para hacer más duro el cemento. Por sobre su cabeza se ven las cumbres de los montes Martiales, con algunos glaciares en retroceso, el cielo azul de primavera, ninguna nube aún. Corre una brisa que le alborota los pelos y un te amo dicho por los labios tuyos es la música del cielo canta la radio o lo que sea.
Hace dos días que no escucho más el aparato, pero el albañil sigue viviendo a trabajar.
No sé que pensar: si la mujer le dijo que sí, le robaron la radio o algún vecino se quejó por el ruido.
Tampoco sé por qué una pena de amor ajena resulta tan cómica. Será tal vez porque un te amo dicho por los labios tuyos es poema que acelera los latidos de mi corazón....

lunes, diciembre 06, 2004

Breve

Me despiertan esos pájaros bochincheros que se han metido en el techo.
Aunque últimamente pienso que más que nada ellos anidan en mi cabeza.
Pájaros.


(¿Podré volver a escribir textos largos alguna vez?)

domingo, diciembre 05, 2004

El agua II

Sonrío porque fui la que vió más lejos.
Y aunque no eres recomendable, te recomiendo a quien quiera despertar.
¡Felíz otoño!

viernes, diciembre 03, 2004

El agua

Cuando la lluvia golpea contra mi ventana como ahora, te recuerdo.
Te recuerdo y sonrío.
Aunque no entiendas.
Y no entiendas, sonrío.




miércoles, diciembre 01, 2004

La virtud

Dijo Manuel H que dijo Joseph Goebbels que
una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad.
Ahora yo me pregunto:
¿Uno que dijo mil mentiras ya no es más un mentiroso sino un hombre sincero?

Bucólica



El domingo primera salida al campo de la temporada.
La lluvia torrencial no nos amedrentó, tampoco el paso Garibaldi ( donde se halla el más popular de los precipicios que tenemos cerca ) envuelto en bruma como tiene por costumbre.
Hace dos años que no tengo carnet de conducir.
Supongo que se tratará de una rebeldía o algo así.
Y no es que disfrute de la circunstancia, muy por el contrario, la sufro todo el tiempo.
Unos doscientos metros antes de los sitios donde policías o gendarmes suelen hacer operativos de tránsito, el padre de una amiga, 78 años, hace poco operado de la rodilla, se pasaba a mi auto y conducía hasta unos metros más allá de pasado el peligro, con el trabajo que ello le causaba, para colmo sabiendo yo que todo era era un poco inútil pues los controles van variando de lugar y pueden aparecer en cualquier curva.
A la orilla del lago salió el sol, juntamos los juncos que usaban los yámanas para tejer sus canastos y también los palos lavados que trae el agua con la tormenta. Los chicos se metieron en el Fagnano, pescaron nada más que galletas de tansa, yo encontré dos nuevas especímenes para mi colección 2004-2005 "piedras con forma de corazón", tomamos café hecho en cocina a leña con tostadas idem y el dulce de ruibarbo y a falta de nada mejor para hacer nos dedicamos a observar a todo los que pasaban por la cabaña de mi ayudante de manejo, a saber:

. como 100 vacas y toros, que iban a otro campo, arreados por un hombre a caballo
. un toro de vuelta, con añoranza
. dos vacas retrasadas, un poco gordas (hermanas en desgracia, ¿ no conocen alguna dieta para los que dejamos el cigarrillo?)
. un carancho presumido que nos caminaba por enfrente, de un lado a otro
. un zorro gris envolviéndonos en círculos para buscar comida, que nos terminó por aburrir y que muy aburrido él también, entró en la cabaña, sin que nadie le diese ni la hora
. tres golondrinas muy alegres
. una gaviota cocinera que volaba bajito
. un pescador con intenciones de mirar si había pique en el lago, del cual hablamos un poco más por ser el único humano que tuvimos cerca.

Al regreso la misma historia de los cambios de conductor, pero sin lluvia, con mucha tierra volando sobre nosotros. Al llegar a la ciudad, un policía en el puesto, preparado para hacernos detener la marcha.
Yo grité, asustada por el uniforme.
El chofer se puso nervioso, el auto comenzó a corcovear, las ruedas mordieron el ripio de la banquina y totalmente confundido don A., con su campera verde y el sombrero de paño, al estilo vaquero, apretó el acelerador y huimos,
huimos ante la mirada atónita del joven de azul que se rascó la cabeza y se quedó mirándonos sin atinar a nada...
Yo me sentí como una de esas heroínas de las películas, casi casi como Bonnie Parker, valiente, arriesgada, capaz de todo, con el pelo al viento y la cartera repletas de balas (bueno, esto creo que no es del film, sólo es invento mío). Y mientras continuábamos huyendo entre las familias ejemplares que también regresaban de un día de campo, observando de reojo a Clide, me puse a pensar
¿Por qué la culpa será tan contagiosa?